EL TAO TE CHING, EL TAOÍSMO Y LA MENTALIDAD CHINA

Canal Taiwán

José Ramón Álvarez

     El Tao Te Ching es uno de los libros más famosos de la literatura mundial. También se suele conocer como el libro de Laotse (Laozi). Pero cuando se trata de clasificarlo en un género literario, las opiniones e interpretaciones son muy diversas. Se ha estudiado desde muchos puntos de vista: filosófico, ético, político, religioso, místico, esotérico, etc. y en realidad contiene todos estos aspectos.

     Se puede considerar al Tao Te Ching como una obra dirigida al gobernante. Sin embargo, no decimos que sea una obra exclusivamente de política y de gobierno porque el taoísmo no es un sistema cerrado, sino más bien, es una Crítica a todo sistema, sea filosófíco, ético o político. Por lo mismo, aunque podemos decir que la mayor parte de sus aforismos y consejos van dirigidos al gobernante, lo consideramos más una Crítica política que una doctrina política y de gobierno.

     La obra, tal como la conocemos hoy, suele dividirse en dos partes, conocidas como el Libro del Tao, que comprende desde el capítulo 1 al 37, y el Libro del Te, desde el capítulo 38 al 81. Aunque no sabemos si el original estaba dividido en estas dos partes, con el descubrimiento de un manuscrito en seda en unas tumbas de Mawangduei, sabemos que ya en la época Han existía tal división, aunque la división en capítulos es posterior. Esta división en 81 capítulos es la que siguen casi todos los comentarios y traducciones del Tao Te Ching hasta nuestros días. .

            Estamos, ante unas doctrinas expresadas en un lenguaje principalmente negativo y paradójico. Es necesario ir al fondo de la negación y la paradoja para descubrir lo positivo. Por eso, el Tao Te Ching nos previene para que no nos desviemos: “Las palabras de la Verdad son paradójicas”. Esta concepción taoísta que lleva consigo un lenguaje de doble sentido, es lo que ha dado lugar a las más dispares opiniones sobre su doctrina que son “atribuciones completamente falsas que no tienen nada que ver con los principios fundamentales de la filosofía de Laotse” (Thome Fang).

            En mi opinión, el taoísmo, tal como aparece en el Tao Te Ching, fundamentalmente no pretende ser un sistema positivo, ni filosófico, ni ético, ni político. Contiene una filosofía, una ética y una política pero como crítica de todo sistema positivo. Tal crítica nunca es sólo de orden teórico sino que implica una práctica.

            El taoísmo presenta una crítica radical de toda doctrina positiva que pretenda gobernar la vida humana con valor absoluto y sin tener en cuenta la absoluta relatividad de su propio sistema. Para el taoísmo no existe un gobierno perfecto, y todo sistema de gobierno es imperfecto precisamente por ser sistema humano. El hombre confunde la perfección con la comprensión, y considera imperfecto, ilógico y sin valor aquello que escapa a su comprensión y sistematización. Sin embargo lo perfecto es aquello que tiene su propio orden interno, pero que se resiste a ser ordenado y clasificado en cualquiera de los sistemas humanos. Nada más claro para expresar esta verdad que el ejemplo de Chuangtse (Chuangzi) sobre Caos:

      Shu (Azul) era el rey del Mar del Sur. Hu (Lóbrego) era el rey del Mar del Norte. Huntun (Caos) era el rey del

      Mar del Centro. El rey Shu y el rey Hu se reunían de tiempo en tiempo en el reino del rey Huntun y éste los

      trataba muy bien. Shu y Hu pensaron agradecer las bondades del rey Huntun. Se dijeron: Todas las

      personas tienen siete orificios que les sirven para oír, comer y respirar. Sólo este infeliz no los tiene. Vamos a

      hacérselos. Cada día le abrían un orificio. Al séptimo día, Huntun era cadáver.

      En esta alegoría Chuangtse nos está comunicando la verdad básica del taoísmo: que todo, aun lo que el hombre considera como caótico, tiene en sí mismo un orden y un valor que escapa al análisis y ordenación de la razón. Así, al querer ordenar a Caos de acuerdo con las categorías ordinarias que sus amigos conocían, lograron hacerle igual que los demás, aceptable, comprensible, lógico, pero lo mataron. En el momento en que el hombre quiere apoderarse, dominar y sistematizar algo vital, esto se hace lógico, comprensible y aceptable, pero ya es algo muerto y deja de estar en el dinamismo propio de la vida. El taoísmo como Crítica, pretende liberar al hombre de su afán por dominar la vida con la razón, y avisa al jefe para que no gobierne dominado por su propio sistema, sea el que sea.

            El taoísmo siempre ha gozado de las simpatías de los poetas y artistas, y según Lin Yutang, “el taoísmo no es sólo una escuela en China, sino un rasgo profundo del pensamiento chino y de la actitud china con respecto a la vida y a la sociedad”.

            La mayoría de los ataques al taoísmo provienen de aquellos que buscan las doctrinas claras, lógicas y prácticas, sin ser capaces de comprender, ni mucho menos aceptar, las oscuridades, las paradojas e inutilidades que continuamente nos ofrece la vida. Como dijo Unamuno, “resulta muy cierta la paradoja del que dijo que corriendo tras la verosimilitud se huye de la verdad.”

             El taoísmo no es un sistema filosófico conceptual para explicar la realidad, sino que constituye más bien un sistema crítico de todos los demás sistemas filosóficos. El punto central es que el taoísmo ofrece unos ciertos principios críticos con los que puede evitar el absolutizar cualquier sistema humano. Uno de estos principios fundamentales es el de la No acción, que señala un tipo de acción que abarca a la vez el concepto de acción y de no-acción. Este último concepto no significa no actuar, sino no interferir, no manipular, no combatir, ceder, armonizar, controlar la mente, saber ver en lo profundo y actuar siguiendo la ley interna propia de cada ser. En sentido taoísta, No acción es la Suprema Acción. Por eso el taoísmo tiene como su símbolo básico el agua, que fluye aceptando y adaptándose a las exigencias del terreno, ya saltando en cascada, ya corriendo en pendiente, ya serpenteando perezosa o remansándose quietamente en el llano.

      La filosofía taoísta concibe la vida como algo que hay que vivir sin racionalizar y las aparentes contradicciones de la vida se armonizan en una unidad superior. El símbolo taoísta del Taichi (太極) es una figura que representa las dos fuerzas naturales lo activo Yang (陽) y lo pasivo Yin (陰) en armónica interrelación dentro del Tao. Los dos polos siempre actúan en un continuo volverse sobre sí mismos, unas veces visibles (You有 = Ser) y otras invisibles (Wu 無 = No ser) pero siempre presentes. El Tao es el     ámbito en que los dos polos Yin-Yang se armonizan y actúan sin que ninguno sea superior ni inferior al otro. La interacción armónica de los dos polos, se simboliza por un círculo cortado por una “S” que los separa en dos partes, una pintada de blanco, con un punto negro y la otra negra con un punto blanco. La armonía total, la unidad de ambos principios, lo que abarca a toda la realidad en continuo cambio de un aspecto a otro, es el Tao. Desde el Tao, la vida no es problemática, ni mucho menos absurda, sino que es dinamismo que oculta una armonía. Para descubrir esta armonía hay que vivir y experimentar sin intelectualizar ni racionalizar.

      En el taoísmo nunca hay ninguna proyección hacia un nivel trascendente o fuera de la misma vida terrenal humana. Se nos ofrece un “camino” vital y espiritual, pero no en el sentido de buscar una salvación en otro mundo, ni en cómo buscar soluciones externas para nuestros problemas existenciales del vacío, la muerte, el dolor, el amor, etc., que nunca han sido “problemas” para la gente normal de la sociedad china. Lo único que busca el taoísmo es darnos un camino de armonía vital, de paz interior, y de estrategias para lograr la transformación personal y que nos hagan vivir en un mundo mejor, no porque podamos mejorar el mundo, sino porque hemos cambiado nosotros y vemos el mundo con otros ojos y con otra perspectiva. En general, la cultura y mentalidad occidental tiende a buscar soluciones a los problemas existenciales saliendo del mismo mundo y proyectándolos en un horizonte trascendente y salvador. Nada de esto hay en el taoísmo, lo cual no quiere decir que no nos pueda ayudar en nuestros problemas. Nos ayuda haciéndonos ver que nuestros problemas no son tales, y que la única manera de alcanzar la tranquilidad y la armonía interior es darnos cuenta de que, como dice Chuangtse, nunca atraparemos nuestra sombra persiguiéndola, sino deteniéndonos a su lado. Nunca solucionaremos los problemas que tenemos, o creemos tener, corriendo con la mente tras ellos. Sólo cuando dejemos tranquila la mente y el corazón, y vivamos al lado de lo que llamamos problemas, estos dejarán de ser problemas y serán algo de nuestro propio ser, algo nuestro con lo que tenemos que vivir en armonía.

             Según la filosofía taoísta, en nuestra vida todo tiene dos caras y todo es la complementación de un aspecto Yin con otro Yang. Es algo natural. En la vida hay alegría y pena, salud y enfermedad, riqueza y pobreza, belleza y fealdad, y todos los pares que podamos pensar. Y nada es absolutamente Yin ni absolutamente Yang. Pero en cada momento concreto no podemos ver y vivir al mismo tiempo ambos aspectos, o mejor dicho, no sabemos verlos y vivirlos. Lo que nos enseña el taoísmo es cómo vivir sin dejarnos engañar por las apariencias. Las apariencias son el mundo del Ser, lo que vemos y sentimos en un momento determinado. Pero hay otro mundo del No-ser, que es lo que está latente y puede aparecer en cualquier momento. Cuando estamos alegres, vivimos un momento Yang del mundo del Ser, pero en cualquier momento puede aparecer la tristeza, y ese momento Yin, antes oculto en el No-ser, aparece en nuestro mundo del Ser. El mundo del No-ser siempre está latente, pero lo olvidamos. Cuando estamos alegres olvidamos que la tristeza es la otra cara de la misma moneda y que no hay alegría sin tristeza. Cuando estamos sanos olvidamos que la enfermedad es la otra cara de la misma situación. Tenemos que aprender a unir el Ser y el No-ser en una unidad armónica que es el Tao. Vivir en el Tao es vivir en armonía con nuestro mundo aparentemente contradictorio, saber que toda situación humana siempre tiene un aspecto Yin y otro Yang, pero que sólo aparece uno, escondiéndose el otro hasta que le llegue el momento de aparecer. Lo que vemos y vivimos es el mundo del Ser, de las apariencias, y solemos olvidar que el mundo del No-ser está siempre ahí y se hace mundo del Ser cuando nos muestra la otra cara que no aparecía.

      El error humano es que queremos absolutizar los aspectos Yang creyendo que los aspectos Yin son malos y no deseables. Para ello atendemos sólo al mundo del Ser y vivimos de apariencias. Esto nos crea una gran angustia porque no podemos controlar que los aspectos Yin no aparezcan en nuestra vida, y no podemos controlar que el mundo del No-ser desaparezca. La vida humana es un continuo volver sobre sí misma pasando de momentos Yin a momentos Yang porque hay un ámbito oculto del No-ser que hace que todo cambie de No-ser a Ser, y viceversa, en un proceso constante. El taoísmo nos enseña a comprender que tenemos que aceptar el mundo del No-ser igual que el del Ser, porque todo nace del No-ser, pasa al Ser y vuelve al No-ser. En ese proceso, la mente y el corazón humano intentan quedarse sólo con lo que gusta, con lo que es agradable, y crea una dualidad y una oposición que no existe realmente, sino sólo en nuestra mente y nuestros sentimientos. Si logramos armonizar los aspectos Yin y Yang, y estamos preparados siempre para aceptar su aparición desde el mundo del No-ser al mundo de Ser, habremos roto la cadena de nuestros miedos y preocupaciones y viviremos todo con la serenidad y armonía de la sabiduría del que vive en el Tao.

      Por ejemplo, para mucha gente la muerte es un problema, y cuanto más piensan en ella más la temen. En el Tao Te Ching hay una simple frase que dice: “Salir, nacer; entrar, morir” (出生入死) lo que se traduce como “El salir a la vida es el entrar en la muerte”, o más sencillo “El nacer es el empezar a morir”. La única manera de no tener miedo a la muerte es aceptar que es parte de nuestra vida y que cada día que vivimos es un día que morimos. Es inútil pensar cómo podemos alargar la vida para no morir, o querer saber qué hay más allá para estar tranquilos. Si la muerte es parte de la vida, o mejor aún, si vivir es morir y morir es vivir, sólo venceremos a la muerte viviendo plenamente sin pensar en ella y considerándola como vida y no como muerte. El que vive plenamente su vida no teme a la muerte porque la está viviendo cada día tan plenamente como vive la vida. En realidad, aquí no hay nada de trascendencias, ni de cielos ajenos a nuestra vida diaria, ni de salvación externa. Pero si nos fijamos bien, todas las religiones vienen a decir lo mismo, aunque expresado con otras palabras. Por eso, en el cristianismo, el dogma fundamental es la resurrección. La resurrección significa que hemos vencido a la muerte, porque viviendo plenamente una vida santa, hacemos de la muerte parte de esa vida, y el día en que llegue la muerte tendremos conciencia de haber vivido plenamente y haber alcanzado la Vida. Para ello hay que morir todos los días y hacer consciente esa vivencia de que venga cuando venga la muerte no es más que un día más de nuestra Vida.

     Todos los contrarios o complementarios de la vida siguen esta misma dirección. Por lo tanto, en el taoísmo no puede existir la teoría sin la praxis. Ambas son vitales y es justamente lo que le da dinamismo. Así, lo que hace el proceso de andar no es sólo el paso que damos, sino que también el paso que aún no damos. Si sólo existiera el terreno que pisamos, no podríamos dar un paso más. Si sólo existiera el ser, no habría dinamismo vital. El taoísta, no pierde mucho tiempo en pensar, sino más bien en vivir, siendo en el transcurso de la vida cómo va descubriendo el valor de las cosas. De ahí que, comparativamente, el chino sea más realista y menos idealista que el occidental. Los problemas le vienen al hombre por dar valor absoluto a lo que no es vida, sobre todo a las palabras y a los conceptos. Aquí vale la pena citar lo dicho por Chuangtse :

     El propósito de las palabras es transmitir ideas.

     Cuando las ideas se han comprendido las palabras se olvidan.

     ¿Dónde puedo encontrar un hombre que haya olvidado las palabras?

     Con ese me gustaría hablar. (Capítulo.2)

     ¿Cómo se manifiesta en la mentalidad y en la vida de los chinos todo esto? Los chinos compaginan perfectamente en su vida, dos influencias: la del confucianismo y la del taoísmo (que en muchos aspectos coincide con el budismo Zen). En la vida social, en las relaciones con los demás, el chino se adapta a unas normas rígidas y formales, tal como enseñó Confucio. Pero una vez que no está dentro o de ese marco social, se hace taoístas y lo deja todo a lo espontáneo y a lo natural, siendo capaz de pasar de un nivel al otro con toda naturalidad y sin hacerse violencia. Para los occidentales resulta muy desconcertante esta dualidad y su desconocimiento crea los típicos juicios que se hacen de los chinos, como personas dobles y poco sinceras. Tales juicios no tienen valor, porque se hacen desde otras categorías y sin comprender su doble aspecto vital.

      Actualmente en Taiwán existe el problema de que está recibiendo toda una avalancha de valores del Occidente, a veces de lo más degradados y que son ajenos a la mentalidad china. Pero como se reciben sin sus fundamentos teóricos, tienden a deformarse. Paralelamente, en la concepción de la educación de los jóvenes, aquí no ha existido una reflexión profunda acerca de cuál es la raíz de los propios valores, produciéndose un desconcierto. En la escuela no se hace reflexionar sobre los propios valores, nada más que formalística y externamente. Los jóvenes taiwaneses poseen valores tradicionales muy importantes, que viven inconscientemente, pero al encontrarse con otro sistema de valores diferente, se sienten desorientados. Desde la escuela media debería explicarse el pensamiento del taoísmo, confucianismo y budismo, para que los jóvenes reflexionen sobre sus raíces y descubran la riqueza y profundidad de su cultura.

       La riqueza y profundidad del taoísmo podemos verla en muchos aspectos de la vida ordinaria de los chinos, reflejándose en los conceptos básicos que condicionan todo su pensamiento: el tiempo, el espacio, la causalidad, la lógica, el simbolismo, etc. Tomaremos como ejemplo el tiempo y el espacio.

       Los chinos sólo viven en el presente y no son muy amigos de pensar mucho más allá de lo que están haciendo en cada momento. Aun cuando estén rezándoles a sus dioses o a los espíritus de sus antepasados, no se trasladan a un más allá, sino que más bien los trasladan a aquellos a este acá. Pero es un presente dinámico, que está en continuo cambio y en él tampoco puede uno instalarse. El amor de los chinos por el pasado no es como el de un arqueólogo, sino que constituye la mejor manera de comprender el presente y de educar para el presente. El occidental sólo piensa en cómo “emplear” su tiempo de la mejor forma posible, enfadándose cuando lo pierde o se le escapa. Los chinos no entienden nada de esto y su preocupación está en escoger el momento propicio para hacer algo. No hay prisas, ni enfados. Si se escapa el tiempo sin hacer algo, es porque ese no era el momento oportuno para ello.

      El concepto chino del espacio es muy distinto del que tiene el occidental normal. Hasta un niño de cualquier país de Europa o América sabe que los sueños no tienen realidad y que podemos pensar y aun rezar a las almas, pero no están en nuestro mundo. Pero Chuangtse nos cuenta cómo una vez soñó que era mariposa y cuando despertó ya no sabía si era él que había soñado ser mariposa o si era una mariposa que soñaba ser Chuangtse. Y basta haber vivido por poco tiempo en Taiwán, para darse cuenta que el mundo de los dioses y de los espíritus son parte inseparable del mundo de cada día de un chino.

      También vemos la importancia del taoísmo en el arte chino. Por ejemplo, en una pintura china, la realidad nace del vacío del lienzo. El vacío, lo que el pintor no ha tocado, es tan importante o más que lo que ha pintado; no como en la pintura occidental en que no queda ni un espacio de lienzo vacío. Y si pasamos a la literatura, la poesía china es igual. No hay cosa más decepcionante que una traducción de una poesía china, porque en la traducción se ha perdido lo fundamental: que el valor de la poesía no está en lo que se dice, sino más bien en lo que no se dice, en lo que sugiere, en el ritmo interno y en la simbología de todo el conjunto.

      Sin el taoísmo es imposible comprender los valores vitales chinos. Y personalmente considero que la sabiduría taoísta es una de las expresiones más profundas y enriquecedoras del espíritu humano.

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