MÉXICO EN EL VATICANO

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Remolino de colores y olores, cascada de símbolos de todas las culturas, ramillete de asombros, los jardines del Vaticano representan una convocatoria a la belleza y la paz interior. Con una historia de siglos, el esplendor pareciera crecer al correr del tiempo. La creación se debe al papa Nicolas II, quien decidió trasladar la residencia pontificia de la basílica lateranense a la zona del Vaticano.

El destino del edén pontificio, bordado de fuentes y rotondas, lo han marcado los papas en turno. Así, como Pio XI los recorría en automóvil, debió pavimentarse el acceso; así como al papa Paulo VI no le gustaba pasear por ellos, se le creo un jardín propio en la azotea de su apartamento. Sin embargo, justo ante ello se decidió darle acceso a los peregrinos que llegan de todos los ámbitos del planeta. Sin embargo, la puerta se cerró durante el pontificado de Juan Pablo II, hoy canonizado, dada su proclividad al ejercicio físico. Los jardines estaban listos a su deseo de caminar o trotar ya en el amanecer como en el ocaso.

El entorno resguarda la llamada Torre de los Vientos en recuerdo de la reforma al calendario realizada en 1582 para dar vía al Gregoriano, en honor del papa Gregorio XIII. Ahí está un fragmento del muro de Berlín. Ahí está un símil de la Gruta de Fátima, en recreación del lugar de las apariciones de la Virgen María; un relicario de advocaciones marianas en los países del hemisferio americano y en un espacio especial una bella escultura que recrea las apariciones de la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac. La escultura central se realizó en mármol blanco colocando frente a frente al indio san Juan Diego y al obispo de México fray Juan de Zumárraga al momento del despliegue de la tilma con las rosas que abrigaba. La imagen de la Virgen se armó con minúsculos mosaicos en alarde de color y precisión.

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