“El árbol de la Noche Triste”

Canal Vaticano| Cartas del embajador

Por Alberto Barranco Chavarría, embajador de México ante la Santa Sede.

Al oscuro cómplice de la noche la infamia anónima volvería el horror al barrio de Popotla. Era el 2 de mayo de 1872. Era, a la distancia, escribiría Manuel Rivera Cambas, como un colosal candelero. El árbol de la Noche Triste cobijado por las llamas, acaso para matar en el símbolo el recuerdo. La derrota de la codicia. “Murieron, diría el testimonio de Antonio de Solís, ignominiosamente abrazados con el peso miserable que les hizo cobardes en la ocasión y tardíos en la fuga”. Las lágrimas de Hernán Cortés y la Malinche se mezclaron bajo la sombra del sabino. En el quedaría marcada a fuego la fecha: 30 de junio de 1521. La furia mexica, acaudillada por Cuitláhuac, había vengado la infamia del capitán Pedro de Alvarado a doble sacrilegio del Templo Mayor. Las espadas, arcabuces, lanzas, no respetaron mujeres, niños, sacerdotes, ancianos. “Lastimosa desgracia de aquella noche triste, escribiría la crónica jocosa de fray Agustín de Vetancur, unos pedían socorro compañeros; los que se ahogaban, que me ahogo; los presos, que me llevan; los que morían, Jesús sea contigo…”. Según Cortés se perdieron 150 soldados y 2000 indígenas; Bernal Díaz del Castillo habla de 600 cristianos; López de Gómara de 450 españoles y 4 mil indígenas. Atacado por un segundo incendio, lo que queda del sabino, ahuehuete, decían los naturales, se erige como signo del orgullo. La noche de la victoria, dice el barrio. El árbol, sus hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y choznos.

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