“Le decían ‘Rey del Pulque'”

Canal Vaticano| Cartas del embajador

Por Alberto Barranco Chavarría, embajador de México ante la Santa Sede.

Construida en 1884, primera a nivel urbano del arquitecto Antonio Rivas Mercado, la casona de cantera en tres niveles contempló la destrucción del convento de Santa Isabel y el largo parto del Palacio de Bellas Artes. La calle cambió su nombre de El Calvario a Puente de San Francisco, Poniente 4 y al fin Avenida Juárez. Del hoy número 18 salía el carruaje de caballos negros, terciopelos, cochero inglés de librea y lacayo de estampa almidonada. Era Ignacio Torres Adalid, el rey del pulque, el bastón de mango de oro, la presencia imprescindible del Jockey Club, el Hipódromo de Peralvillo, el Gran Teatro Nacional y las fiestas de Don Porfirio a ritmo de danzón en el Castillo de Chapultepec. Era el signo, símbolo, de la aristocracia pulquería. El dueño de la hacienda de San Miguel Ometusco y 72 más, regadas en los estados de México, Hidalgo, Puebla y Tlaxcala. De 872 pulquerías en la capital de 1910, la mitad tenía la firma de la Sociedad Expendedora de Pulques. De primera, segunda y tercera, departamento de damas al calce. La mansión, en cuyo frente está, orgulloso, el escudo familiar labrado a mano, vivió la tragedia de la muerte de Juana Rivas Mercado de Torres Adalid, al vencerse un andamio durante una remodelación. Al fragor de la revolución, huido a La Habana para escapar del Primer Jefe, Venustiano Carranza, la mansión pasaría a la Beneficencia Privada, como la mayoría de los bienes de Torres Adalid.

Maniroto joven; tacaño en la madurez, el rey del pulque se volvió el filántropo número uno del país, El hombre que cobraba 25 centavos a la gente que entraba los domingos al asombro de su rancho La Castañeda, en Mixcoac, le daba pauta, al final de su vida, a colocar su nombre a una calle de la capital.

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