“Manuel Acuña”

Canal Vaticano| Cartas del embajador

Por Alberto Barranco Chavarría, embajador de México ante la Santa Sede.

En el último escalón de la melancolía, Manuel Acuña juega su último volado el 6 de diciembre de 1873 a la brutal corrosión del cianuro. Dos dracmas y un vaso de agua cierran el último capítulo de su corta vida. El cuerpo inerte  del estudiante de medicina lo arropa el suelo helado de su minúscula celda del antiguo Palacio de la Inquisición. Solo tenía 24 años pero ya era un poeta reconocido. Las voces en susurros hablaban de un amor sin respuesta por Rosario de la Peña y Llerena, imán de devoción de escritores y académicos de su tiempo, a cuyo paso le colocaban versos como alfombras. Ya Manuel M. Flores, ya Ignacio Ramírez, el Nigromante;  ya el libertador cubano José Martí. La evidencia colocaba en el centro su Nocturno a Rosario: “Que es mucho lo que sufro; que es mucho lo que lloro; que ya se han muerto todas las esperanzas mías”. Sin embargo, el juglar que canceló su vida a los 24 años desde su obra incipiente le había cantado a la muerte. Y, sin embargo, había otra carta de amor en su corazón: la también poeta Laura Méndez. Y, sin embargo, quien llenó de lágrimas y rezos su sepulcro original en el Panteón de Campo Florido; quien pagó la cruz de hierro y la lápida de piedra fue la mujer que le lavaba y planchaba la ropa con la devoción de paños sagrados.

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