MARAVILLAS DEL DOMO DE MILÁN

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Imán irresistible en una vista a la ciudad de Milán de la región de Lombardía, la catedral –el duomo– ofrece un ramillete de sorpresas en un enjambre de historia y fe. Ahí está, por ejemplo, un clavo de la cruz de Cristo de los tres hallados por Helena de Constantinopla, la madre del emperador Constantino, señalado a la vista por una luz roja apuntando al ábside. La tradición asienta que el unificador de los imperios romanos de oriente y occidente los colocó en su casco, en la brida y en el bocado de su caballo a título de protección en sus batallas, desapareciendo a su muerte…pero ubicados milagrosamente ¡en el taller de un humilde herrero milanés!

En un rito ancestral, vivo desde el año 1500, el arzobispo de Milán sube año con año en una suerte de elevador de madera en forma de nube al lugar de custodia para llevar el clavo al altar mayor, donde se expone durante algunas semanas.

En el escenario se ubica el mayor número de estatuas de una iglesia en el planeta. Estamos hablando de 3 mil 400, además de trece gárgolas de aspecto demoniaco y 700 figuras de varios tipos, entre éstas una de san Bartolomeo Scoricato, obra de Marco d’Agrate, quien pareciera llevar su propia piel desollada a manera de manto. Otra escultura representa a la Madonna delle Rose –la Virgen de las Rosas–, ¡sin flores! Una más pareciera gemela de la famosa estatua de la libertad de Nueva York. La feria se corona con un reloj de sol que, por décadas, a partir de 1768, regulaba los relojes de la ciudad.

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