“Réquiem por los hermanos Rodríguez”

Canal Vaticano| Cartas del embajador

Por Alberto Barranco Chavarría, embajador de México ante la Santa Sede.

Dos de noviembre de 1962, doble luto en México. La celebración de los muertos en pleno velorio de un niño de 20 años con estatura de gigante. Ricardo Rodríguez no había salido de la curva peraltada del Autódromo de la Magdalena Mixhuca. Eran las cinco de la tarde cuando el cronómetro se paró. El piloto que había logrado recorrer los cinco kilómetros de pista en 2 minutos 40 segundos, a sólo dos décimas del mejor tiempo, estaba literalmente partido en dos. Ya no llegó al hospital. Su padre, Pedro Rodríguez, contratista estrella en el gobierno del presidente Adolfo López Mateos, lo había conminado a mejorar su tiempo para salir como líder en el Gran Premio de la Ciudad de México. El muchacho, su esposa Sarita, su madre, se iban ya cuando llegó la orden de regresar a los pits. Devastado por la muerte de su hermano menor, Ricardo tenía 20, él 22, Pedro Rodríguez prometió dejar las carreras de coches. La promesa duró sólo un año. En 1963 la pasión lo llevó a mantener la huella: Ferrari, Lotus, el Gran Premio de Sudáfrica, las 24 Horas de Le Mans… para llegar a la muerte en la pista alemana de Nuremberg en 1971. Campeón nacional de ciclismo a los 10 años, Ricardo todo lo volvió precoz. A los 13 corría coches; a los 14 tenía novia, y a los 19 se casó. Más retraído, Pedro vivió sus últimos años en un pueblo discreto del Reino Unido de la Gran Bretaña, aunque con esporádicas visitas al país para llevarse chiles verdes y salsa Tabasco. El recuerdo de las hazañas deportivas, el recuerdo de la vida breve de los hermanos Rodríguez.  

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